jueves, 11 de marzo de 2010

Supo que no era, que no la deseaba. La deseaba transformar en ella, pero su anhelo desesperado no bastaba, la miraba buscando rasgos de similitud pero se perdía entre el abismal desierto de sus ojos y la curva afilada de sus pestañas. Observaba esa piel blanca de maniquí, pero como un ancla en su memoria se hallaba aquella con su cutis dorado que atrapaba la sombra del roce corpóreo, una fricción que se deslizaba desbordando sus caricias como la niebla por el horizonte, una sensación imposible de realizar con esta suave piel de jazmín. Todo era distinto: el volumen de sus cuerpos, sus esencias, olores, contornos, perfiles. Eran tan desconocidos entre si que la confundía esa trasgresión, una confusión que la impulsó.
-Hay en usted algo que me obliga a recordar…-le dijo en vos baja y con la pupila fija
- envuélveme en tu bruma.
-Que curioso, yo vivo entre olvidos de aquellos que juraron amar- aspiró lentamente su cigarrillo para luego levantar su mano y dejar ver una etiqueta que colgaba de su muñeca amarrada de una cinta, la puso junto a su boca soplándola y haciéndola girar por una corriente de humo, mientras aquel soplido dejaba entre ver los números de un precio de pocos ceros.
Probaron que la noche no era un arco iris de neón sino, todo lo que pudieron imaginar antes de desaparecer ¿A dónde fueron? Solo los traficantes saben.

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